Hay decisiones en la vida que, sin saberlo
en ese momento, acaban marcando nuestro camino de forma profunda. Para mí, una
de ellas fue entrar a formar parte de Rotary, como socio fundador del Club de Pontevedra,
en mayo de 1988. Si bien, mi experiencia como rotario la adquirí en el Club de Zaragoza,
al trasladarme a vivir un año después a esta ciudad. Lo que comenzó como una
aproximación a una organización de prestigio, pronto se convirtió en una parte
esencial de mi vida.
Rotary me enseñó desde el principio que el verdadero valor no está solo en lo
que hacemos, sino en, por qué lo hacemos y con quién lo compartimos. En cada
reunión, en cada proyecto, en cada conversación, he encontrado algo más que
compañerismo: he encontrado amistad sincera, compromiso auténtico y una manera
de entender el servicio como una responsabilidad y un privilegio.
En estos 37 años en el Rotary Club de Zaragoza, ejerciendo de Presidente,
Secretario, Tesorero o como rotario de base, mi implicación fue creciendo, y
con ella también mi visión de lo que Rotary representa. Mi etapa en el Distrito
2202, primero como Chairman de Juventud y después como Asistente del Gobernador,
supuso un punto de inflexión. Trabajar con jóvenes fue, sin duda, una de las
experiencias más inspiradoras de mi trayectoria rotaria; en ellos descubrí
entusiasmo, talento y una capacidad infinita para soñar con un mundo mejor.
Pero, sobre todo, confirmé que Rotary tiene futuro, precisamente porque sabe
sembrar en las nuevas generaciones los valores que nos definen.
Como Asistente del Gobernador, tuve el privilegio de conocer más de cerca la
realidad de muchos clubes, cada uno con su personalidad, sus retos y sus
logros. Esa diversidad me hizo comprender aún más la grandeza de Rotary: somos
distintos, pero compartimos una misma vocación de servicio. Y es ahí, en esa
suma de voluntades, donde reside nuestra verdadera fuerza.
Si miro atrás, no puedo evitar sentir gratitud. Gratitud por las personas que
he conocido, por los proyectos en los que he participado y por todo lo que
Rotary me ha permitido aprender. Pero si miro hacia adelante, lo hago con
esperanza e ilusión renovadas.
Espero que Rotary siga siendo ese espacio donde las personas encuentran un
propósito más allá de sí mismas. Confío en que sepamos adaptarnos a los nuevos
tiempos sin perder nuestra esencia, manteniendo vivos los valores que nos han
guiado durante generaciones. Me ilusiona pensar en un Rotary cada vez más
abierto, más diverso, más cercano a la sociedad y, sobre todo, más capaz de
inspirar a quienes vienen detrás.
Deseo que los jóvenes no solo encuentren en Rotary una plataforma de acción,
sino también un lugar donde crecer como personas, donde descubrir la
importancia de dar sin esperar nada a cambio y donde construir relaciones que
perduren toda la vida. Porque si algo he aprendido en estos años es que Rotary
no termina en un proyecto ni en un cargo: Rotary vive en las personas y en la
huella que dejamos en los demás.
Hoy sigo sintiendo el mismo orgullo y la misma emoción que el primer día. Y si
algo tengo claro es que, mientras exista ese espíritu de servicio y esa
voluntad de mejorar el mundo, Rotary seguirá teniendo sentido.
Porque, al final, Rotary no es solo lo que hacemos: es lo que somos.
José Manuel Arangüena Fanego
Rotary Club de Zaragoza